Capital Intelectual en Wall Street
El concepto de capital intelectual es inevitable porque es el único, entre los modelos de medir el rendimiento corporativo, que va más allá de la superficie y descubre el verdadero valor. Al hacerlo así, restaura el sentido común y la equidad en la economía. Edvinsson y Malone
Esta y otras ideas de Edvinsson y Malone concentran muchas de las inquietudes y percepciones que durante los últimos años se han venido gestando alrededor del valor real de las organizaciones y la forma de medir ese valor al que se denomina "capital intelectual". Este concepto empieza a apoderarse en forma avasalladora de todo el enfoque sobre la forma de crear y conservar valor en las empresas, desbordando su propio núcleo histórico consistente en poseer activos intangibles valiosos, tales como marcas, patentes, secretos industriales o derechos de autor.
Aún y cuando esta revolución esté orientada preponderantemente por las intuiciones de un mercado regulado por el deseo de invertir en las mejores promesas, es claro que los balances generales de las corporaciones están siendo tomados cada vez menos en cuenta, y cada vez más las corporaciones con altos valores de capital intelectual empiezan a dominar las decisiones.
Hace diez años, cuando la biotecnología empezó a representar una de las mejores alternativas científicas de carácter industrial, las empresas con esa orientación recibieron grandes flujos de recursos para financiar su desarrollo; se trataba de empresas sin un solo activo tangible, con sólo un puñado de empleados, pero con vastas bolsas de conocimientos, talento y tecnología patentada.
En 1995, cuando un agravamiento de la crisis amenazó a muchas empresas mexicanas, la valuación de marcas fue empleada como antídoto de alta eficacia para garantizar créditos, para calificar a la suspensión de pagos o para buscar aliados inversionistas. Todas las empresas que valuaron este tipo de activos se mostraron sorprendidos por su enorme valor, hasta ese momento para ellas desconocido. Y si la fórmula se traslada a empresas como Intel o Microsoft el resultado es apabullante, pero ahí no termina. Empresas que venden productos tan tangibles como una píldora o un pañal desechable siguen fundando su liderazgo en capital intelectual, normalmente codificado en secretos industriales, marcas y patentes que les garantizan su acceso fórmulas, procesos, tecnología y marcas, todos exclusivos, todos excluyentes, todos inimitables.
Poco a poco, hay que reconocerlo, el capitalismo ha evolucionado y ha encontrado, a través de la homologación de los sistemas jurídicos de tutela de la propiedad intelectual en el mundo, un mecanismo sofisticado y eficiente para la privatización del conocimiento y la conservación estable de las ventajas de mercado.
Según Edvinsson, existe una paradoja fundamental en la inversión en los negocios modernos: entre más invierte una compañía en los recursos que la hacen competitiva, como capital humano y tecnología, el valor en su balance general sufrirá una reducción, esto es, entre más se invierte en su futuro, tanto menor es su valor en libros. Por eso se requiere, un nuevo sistema de valoración.
Por ello, este nuevo modelo de medir el valor está transformando no sólo la economía sino a la sociedad misma, en su forma de crear y conservar la riqueza.










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